martes, 25 de agosto de 2009

Audios de "El guardagujas" y "Los amorosos"

Una parte importante de la comunicación humana, estriba en la posibilidad de expresar, por medio de la palabra hablada, todo lo que sentimos, pensamos y deseamos. Para ello es necesario manejar los códigos correctos, así como las competencias comunicativas propias de la expresión oral. En este sentido, la lectura en voz alta es una de las actividades más rentables, en tanto combina las virtudes formales de la literatura escrita y las posibilidades expresivas de la oralidad.

Es por ello que les dejo un material en audio, con el que podremos practicar nuestra propia lectura en voz alta, siguiendo a Juan José Arreola, con el cuento "El guardagujas" y a Jaime Sabines con uno de sus más famosos poemas "Los amorosos". Para fines prácticos, sigan la lectura de Juan José Arreola con su libro y la de Jaime Sabines con el texto que más abajo incluyo.

¡Feliz lectura!

LOS AMOROSOS

Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan.


Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte.
Esperan, no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables, los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.


Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos.


En la obscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto.


Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago.


Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo.


Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.


Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.


Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.


Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas.


Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando la hermosa vida.

Convocatoria al concurso de cuento de la UNAM

Como ya les había comentado, la convocatoria del concurso literario de la UNAM se ha abierto a partir de esta semana. Aquí transcribo sus bases para que todos estemos enterados de los pormenores de este certamen. Recuerden que las investigaciones de nuestros personajes históricos, deben centrarse sobre todo en los hechos cotidianos o desconocidos de estas figuras, hurgar en la vida desconocida no sólo de los héroes independentistas, sino de los "antihéroes" de esta etapa de nuestra historia.

Como podrán observar, el género que se trabajará será el del cuento, en una extensión de 3 a 9 cuartillas con las especificaciones que se explican. En el Instituto Asunción tenemos todo para ganar este certamen, vamos por él.

Anexo aquí la liga original a la página de la DGIRE.

CONVOCATORIA

La Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la Dirección General de Incorporación y Revalidación de Estudios (DGIRE) y la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL), en el marco de las actividades de extensión artística y cultural

Convoca
A participar en el Concurso de creación literaria

“Personajes de la Independencia de México: Cuento histórico”

Objetivo
Fomentar la investigación y el conocimiento de la historia patria, a través de la creación literaria, mediante un relato que refleje los valores e ideales de los personajes que intervinieron en la gesta del movimiento de Independencia nacional.

Participantes
Podrán participar de manera individual los estudiantes de las Instituciones del Sistema Incorporado (ISI) y de Convenio de Revalidación (CR).

Producto
Un cuento que refleje la idiosincrasia y las vivencias de los personajes que protagonizaron la Independencia de México.

Características
Los trabajos participantes deberán:

1. Ser originales e inéditos.

2. Tener una extensión de tres a nueve cuartillas y estar numeradas.

3. Estar asesorados por personal docente de su institución.

4. Presentarse por triplicado, escrito con tipografía Garamond de 12 puntos, a doble espacio, en papel tamaño carta y por una sola cara. Asimismo entregar el archivo Word en un CD.


5. Entregarse en sobre cerrado, suscritos con seudónimo y título del trabajo. En sobre adjunto, se incluirán los datos del autor: nombre completo, nombre y clave de la institución, teléfono, correo electrónico y copia de la credencial UNAM SI. Asimismo se incluirán una carta firmada en que haga constar la originalidad de su trabajo y los datos del asesor académico.

Los trabajos que no cumplan con las características descritas quedarán fuera del concurso de manera automática.

Entrega de los trabajos

Para inscribir un trabajo se deberá cubrir una cuota de $150.00 (ciento cincuenta pesos 00/100 MN). El pago se podrá realizar en la caja de la DGIRE o mediante depósito a nombre de la UNAM en la cuenta bancaria 65‐50100434‐0, sucursal 58 de Banco Santander.

Los trabajos se entregarán, junto con el comprobante de pago, en el Departamento de Extensión Artística y Cultural de la Subdirección de Extensión y Vinculación, ubicado en el primer piso del edificio de la DGIRE, lado sur de la Sala Nezahualcóyotl, Zona Cultural de Ciudad Universitaria.

La recepción de trabajos será a partir de la publicación de la presente convocatoria y hasta el viernes 15 de enero de 2010, de lunes a viernes de 9:00 a 14:00 horas.

Los concursantes que quieran participar con varios trabajos, deberán seguir este procedimiento para inscribir cada obra.

Jurado
Estará integrado por distinguidos universitarios reconocidos por su trayectoria y desempeño el cual elegirá los trabajos ganadores; estará facultado para declarar desierto el concurso y su fallo será inapelable.

Premios
• El primer lugar:
Reconocimiento escrito
Trofeo
Artículo conmemorativo de los 100 años de la UNAM
Publicación del cuento en la Gaceta SI UNAM, tanto en su versión impresa como electrónica
Participar en la Muestra Artística y Cultural del SI 2009‐2010


• El segundo lugar:
Reconocimiento escrito
Trofeo
Artículo conmemorativo de los 100 años de la UNAM
Publicación del cuento en la Gaceta SI UNAM, tanto en su versión impresa como electrónica
Participar en la Muestra Artística y Cultural del SI 2009‐2010

• El tercer lugar:
Reconocimiento escrito
Trofeo
Publicación del cuento en la Gaceta SI UNAM, tanto en su versión impresa como electrónica
Participar en la Muestra Artística y Cultural del SI 2009‐2010

• Menciones honoríficas:
Reconocimiento escrito
Participar en la Muestra Artística y Cultural del SI 2009‐2010

Observaciones
Los ganadores y acreedores a menciones honoríficas deberán ceder los derechos a favor de la UNAM, con el objeto de dar cumplimiento a los fines de difusión de la cultura de esta Universidad.

Los resultados del concurso, junto con la fecha y sede de la ceremonia de premiación, se darán a conocer a través de la página Web de la DGIRE. Se notificará a los ganadores vía telefónica.

Los trabajos que no resulten seleccionados, se entregarán en la Subdirección de Extensión y Vinculación a partir de la fecha de emisión de los resultados y hasta treinta días posteriores.


Los aspectos no previstos en la presente convocatoria, serán resueltos por la DGIRE.

Ciudad Universitaria, D. F., a 17 de agosto de 2009.
Mayores informes
Departamento de Extensión Artística y Cultural
Subdirección de Extensión y Vinculación
Tel. 56 22 60 43
Correo electrónico: culturales@www.dgire.unam.mx

sábado, 15 de agosto de 2009

La llegada, Micronovela

Nuestra nueva tarea es una invitación a la creatividad que sé que cada uno de ustedes tiene en buen grado. Se trata de una Micronovela de Pablo Soler Frost, un escritor mexicano originario del Distrito Federal, que ha logrado cierta notoriedad con su más reciente novela, Yerba americana, publicada por la Editorial Era. Este pequeñísimo texto es tan sólo el esbozo de un argumento, una invitación a imaginar lo que no es claro ni explícito.

Justo eso es lo que deseo que aprovechemos: la tarea es tomar el texto como inspiración, como argumento de un cuento propio. Este tipo de escritura, contenida en la narrativa, es un buen ejemplo de como algunas ideas pueden ser el origen o hilo conductor de un sinfín de interpretaciones y de posibles desenlaces. Los aforismos, con los que más avanzado el curso trabajaremos, siguen esta misma lógica. No olviden que el cuento que deben redactar debe contar una extensión de una cuartilla y debe estar sólo en su cuaderno, como borrador. ¡Feliz lectura!

La llegada

Llegaron a los pueblos, una tarde de noviembre, con el campo sosegado. A las ciudades segundos después. Traían energía y placeres en grados extraordinarios, como para hacernos a todos héroes. Sólo exigían de nosotros que renegáramos de Cristo, de quien dijeron, según su experiencia galáctica, no era Dios. Hubo una marea de apostasía y placer.

También se multiplicaron los mártires.

Pablo Soler Frost (2008)

miércoles, 12 de agosto de 2009

Miniguía para el primer examen parcial de TLR

Esperando no llegar a destiempo, y casi extasiado con esa necesaria victoria de la selección nacional de futbol sobre el rival acérrimo, les dejo unos tips para su estudio. No requiero que memoricen, sólo que comprendan y sepan explicar los pasos y puntos de los que se compone lo que aquí les pido. Si tienen alguna duda, háganmelo saber. ¡Saludos!

GUÍA

Cualidades de la expresión oral:
1. Dicción
2. Fluidez
3. Volumen
4. Ritmo
5. Claridad
6. Coherencia
7. Emotividad
8. Movimientos corporales y gesticulación
9. Vocabulario

Limitaciones de la expresión oral:
1. Muletillas
2. Repeticiones
3. Uso inadecuado de palabras
4. Barbarismos
5. Extranjerismos
6. Analfabetismo cultural

Literatura escrita y literatura oral (conceptos y comparación)

Función de la oralidad en la cultura humana

Voces narrativas

La voz en primera persona

Función de la autobiografía

Narración y tiempos verbales (su función en la narrativa)

sábado, 8 de agosto de 2009

La autobiografía de Juan José Arreola

Entre los mentores que puedo reconocer en mi estilo como escritor y aún en mi vida, un lugar principal le pertenece al insigne Juan José Arreola. La palabra como materia prima es, para el jaliciense, un pincel del que sale tinta con la que puede pintar letras, cual si fueran las tonalidades y colores que asemejan las felicidades parciales que nos da el acto de la lectura. Para la tarea que les he dejado (hacer su propia autobiografía) les posteo este prólogo, un buen ejemplo para que observen como la simple vida de un ser humano, puede convertirse en algo mágico y maravilloso.

DE MEMORIA Y OLVIDO

Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán. Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño. Desde mayo hasta diciembre, se ve la estatura pareja y creciente de las milpas. A veces le decimos Zapotlán de Orozco porque allí nació José Clemente, el de los pinceles violentos. Como paisano suyo, siento que nací al pie de un volcán. A propósito de volcanes, la orografía de mi pueblo incluye otras dos cumbres, además del pintor: el Nevado que se llama de Colima, aunque todo él está en tierra de Jalisco. Apagado, el hielo en el invierno lo decora. Pero el otro está vivo. En 1912 nos cubrió de cenizas y los viejos recuerdan con pavor esta leve experiencia pompeyana: se hizo la noche en pleno día y todos creyeron en el Juicio Final. Para no ir más lejos, el año pasado estuvimos asustados con brotes de lava, rugidos y fumar olas. Atraídos por el fenómeno, los geólogos vinieron a saludarnos, nos tomaron la temperatura y el pulso, les invitamos una copa de ponche de granada y nos tranquilizaron en plan científico: ata bomba que tenemos bajo la almohada puede estallar tal vez hoy en la noche o un día cualquiera dentro de los próximos diez mil años.

Yo soy el cuarto hijo de unos padres que tuvieron catorce y que viven todavía para contarlo, gracias a Dios, Como ustedes ven, no soy un niño consentido. Arreolas y Zúñigas disputan en mi alma como perros su antigua querella doméstica de incrédulos y devotos. Unos y otros parecen unirse allá muy lejos en común origen vascongado. Pero mestizos a buena hora, en sus venas circulan sin discordia las sangres que hicieron a México, junto con la de una monja francesa que les entró quién sabe por dónde. Hay historias de familia que más valía no contar porque mi apellido se pierde o se gana bíblicamente entre los sefarditas de España. Nadie sabe si don Juan Abad, mi bisabuelo, se puso el Arreola para borrar una última fama de converso (Abad, de abba, que es padre en arameo). No se preocupen, no voy a plantar aquí un árbol genealógico ni a tender la arteria que me traiga la sangre plebeya desde el copista del Cid, o el nombre de la espuria Torre de Quevedo. Pero hay nobleza en mi palabra. Palabra de honor. Procedo en línea recta de dos antiquísimos linajes: soy herrero por parte de madre y carpintero a título paterno. De allí mi pasión artesanal por el lenguaje.

Nací el año de 1918, en el estrago de la gripa española, día de San Mateo Evangelista y Santa Ifigenia Virgen, entre pollos, puercos, chivos, guajolotes, vacas, burros y caballos. Di los primeros pasos seguido precisamente por un borrego negro que se salió del corral, Tal es el antecedente de la angustia duradera que da color a mi vida, que concreta en mí el aura neurótica que envuelve a toda la familia y que por fortuna o desgracia no ha llegado a resolverse nunca en la epilepsia o la locura. Todavía este mal borrego negro me persigue y siento que mis pasos tiemblan como los del troglodita perseguido por una bestia mitológica.

Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No pude seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución Cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela del gobierno, me puso sencillamente a trabajar. Y así, a los doce años de edad entré como aprendiz al taller de don José María Silva, maestro encuadernador, y luego a la imprenta del Chepo Gutiérrez. De allí nace el gran amor que tengo a los libros en cuanto objetos manuales. El otro, el amor a los textos, había nacido antes por obra de un maestro de primaria a quien rindo homenaje: gracias a José Ernesto Aceves supe que había poetas en el mundo, además de comerciantes, pequeños industriales y agricultores. Aquí debo una aclaración: mi padre, que sabe de todo, le ha hecho al comercio, a la industria y a la agricultura [siempre en pequeño) pero ha fracasado en todo: tiene alma de poeta.

Soy autodidacto, es cierto. Pero a los doce años y en Zapotlán el Grande leí a Baudelaire, a Walt Whitman y a los principales fundadores de mi estilo: Papini y Marcel Schwob, junto con medio centenar de otros nombres más y menos ilustres,.. Y oía canciones y los dichos populares y me gustaba mucho la conversación de la gente de campo.

Desde 1930 hasta la ¡echa he desempeñado más de veinte oficios y empleos diferentes... He sido vendedor ambulante y periodista; mozo de cuerda y cobrador de banco. Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran.

Sería injusto si no mencionara aquí al hombre que me cambió la vida. Louis Jouvet, a quien conocí a su paso por Guadalajara, me llevó a París hace veinticinco años. Ese viaje es un sueño que en vano trataría de revivir; pisé las tablas de la Comedia Francesa: esclavo desnudo en las galeras de Antonio y Cleopatra, bajo las órdenes de Jean Louis Barrault y a los pies de Marie Bell.

A mi vuelta de Francia, el Fondo de Cultura Económica me acogió en su departamento técnico gracias a los buenos oficios de Antonio Alatorre, que me hizo pasar por filólogo y gramático. Después de tres años de corregir pruebas de imprenta, traducciones y originales, pasé a figurar en el catálogo de autores (Varia invención apareció en Tezontle, 1949).

Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.

Al emprender esta edición definitiva, Joaquín Díez-Canedo y yo nos hemos puesto de acuerdo para devolverle a cada uno de mis libros su más clara individualidad. Por azares diversos, Varia invención, Confabulario y Bestiario se contaminaron entre sí, a partir de 1949. (La feria es un caso aparte.) Ahora cada uno de esos libros devuelve a los otros lo que no es suyo y recobra simultáneamente lo propio.

Este Confabulario se queda con los cuentos maduros y aquello que más se les parece. A Varia invención irán los textos primitivos, ya para siempre verdes. El Bestiario tendrá Prosodia de complemento, porque se trata de textos breves en ambos casos: prosa poética y poesía prosaica. (No me asustan los términos.)

¿Y a quién finalmente le importa si a partir del quinto volumen de estas obras completas o no, todo va a llamarse confabulario total o memoria y olvido? Sólo me gustaría apuntar que confabulados o no, el autor y sus lectores probables sean la misma cosa. Suma y resta entre recuerdos y olvidos, multiplicados por cada uno.

J. J. A.

martes, 4 de agosto de 2009

La biblioteca de Babel





Entre lectores y escritores, nunca sabemos en que lugar, en que punto de la rueda de la fortuna nos encontramos: para ello nos apoyamos en las experiencias de otros por medio de la literatura. A continuación reproduzco el cuento de Jorge Luis Borges "la biblioteca de Babel", una extraña visión de una biblioteca que algo más que un depósito de libros y algo menos que el mismísimo universo. Este cuento fue publicado en 1944 en el libro de cuentos "Ficciones", uno de los que, definitivamente, me acompañarán en la isla desierta o tal vez en el día del juicio. Disfrútenlo.



La Biblioteca de Babel

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.


FIN

domingo, 2 de agosto de 2009

Los usos de la lectura en México











Nuestra primera actividad tiene que ver con una crítica descarnada que debemos hacernos a nosotros mismos, como actores de un mal logrado espectáculo en el que los conocimientos, la lectura, el placer y (por sobre todos los anteriores) nosotros, somos los principales afectados: la lectura en México, la historia de un desierto cultural en que todos morimos de sed.

Para este efecto nos apoyaremos en el brillante texto de Juan Domingo Argüelles, poeta, ensayista y crítico mexicano, titulado "Los usos de la lectura en México" y que apareció originalmente en la revista "La colmena", de la Universidad Autónoma del Estado de México. A continuación reproduzco el texto, léanlo, pues lo comentaremos en clase. Para los curiosos, dejo la liga del texto original aquí.

Juan Domingo Argüelles

Los usos de la lectura en México

La mayor parte de los estudios e investigaciones sobre conducta lectora en México coincide en una desalentadora conclusión que, por su carácter previsible, puede perfectamente intuirse y resumirse en tres afirmaciones que prácticamente no admiten controversia:

1. Estadísticamente, los verdaderos lectores son escasos y constituyen una ínfima minoría en una enorme población que aun siendo alfabetizada y teniendo algún contacto con los libros no puede denominarse lectora.

2. Existe un analfabetismo cultural (que es algo mucho más que funcional) representado por las personas que aun sabiendo decodificar una palabra, una frase, una oración, un párrafo, una página, al mismo tiempo no sólo carecen del hábito de leer sino que, además, no creen que la lectura cotidiana de libros constituya una experiencia digna de disfrutarse.

3. Estas personas pueden ser –y de hecho lo son– universitarias; muchas de ellas, con carreras humanísticas (y aun con doctorados), y sin embargo no les interesa leer por iniciativa propia ni tienen un comercio estrecho con los libros. (Los libros o fragmentos de libros que leyeron en la universidad no tuvieron otro propósito que el de sacar la carrera).



En su libro Los demasiados libros, el fino poeta y brillante ensayista Gabriel Zaid nos amplía la visión respecto a este problema cuando señala: “Hay millones de personas con estudios universitarios. Por mal que estén económicamente, pertenecen a la capa superior de la población. Pues bien, estos millones de personas superiores en educación y en ingresos, no dan mercado para más de dos o tres mil ejemplares por título, o mucho menos. Y si las masas universitarias compran pocos libros, ¿para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo, precios excesivos? El problema del libro no está en los millones de pobres que no saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir”.

Estas desencantadas conclusiones más los números rojos de las estadísticas acaban por sumirnos en un profundo desaliento, pues (vuelvo a citar a Zaid) “si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto”, pero ello no es así porque “los graduados universitarios tienen más interés en publicar libros que en leerlos”.

¿Cómo se explica esta aparente incongruencia? Se explica con una lógica y una realidad apabullantes. “Publicar –concluye el autor de Los demasiados libros– es parte de los trámites normales en una carrera académica o burocrática. Es como redactar expedientes y formularios debidamente llenados para concursar. Nada tiene que ver con leer y escribir. Leer es difícil, quita tiempo a la carrera y no permite ganar puntos más que en la bibliografía citable. Publicar sirve para hacer méritos. Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad”.

En el extremo opuesto de la sinceridad realista e inteligente de Zaid, no faltan los bienintencionados de nobles ideales que, a través de un ejercicio apasionado y devastador de autocrítica cultural, se avergüenzan de vivir en un país (el nuestro) con tan paupérrimo índice de lectura, ignorando o soslayando que no únicamente en México (aunque aquí el fenómeno sea severo), sino en todo el mundo los lectores son escasos, y los buenos lectores, más escasos aún.

Siendo así, no debería sorprendernos (sin que por ello deje de preocuparnos) que, en el caso de las bibliotecas públicas de nuestro país, un usuario no corresponda siempre, ni remotamente, a un lector y menos todavía a un lector asiduo.

Leer no es un ejercicio muy popular en el mundo, y leer buenos libros es todavía más impopular lo mismo en México que en otros países, con la única diferencia de que en los países ricos la población culta es más amplia, el tiempo del ocio más prolongado y mejor invertido y la tradición editorial y literaria más respetada y estimada.

Para los países ricos, y cultos, las estadísticas hablan de veinte o más libros por ciudadano en el índice de lectura, a diferencia de países como el nuestro, con apenas un libro y acaso menos en su promedio. Lo que no se aclara, casi nunca, es el mágico y equívoco mecanismo con el que funcionan las estadísticas y que puede sintetizarse del siguiente modo: si un hombre se ha comido un pollo y otro no ha comido nada, para la magia estadística cada individuo se ha comido medio pollo. En México, la estadística le atribuye un medio libro a personas que nunca han leído no ya digamos medio libro, sino ni siquiera media página.

En cualquier nación del mundo un lector asiduo es aquel que posee un hábito perfectamente formado y que aunque puede hacer uso frecuente y experto de la biblioteca pública, por lo general obtiene la mayor parte de sus materiales de lectura a través de la compra directa de libros, revistas y diarios en librerías y puestos de periódicos.

De ahí que los lectores asiduos, para el caso de México, no constituyan el grueso de los usuarios de las bibliotecas públicas que en más de un 70 por ciento está conformado por escolares de todos los niveles que acuden a ellas a solucionar problemas prácticos relacionados con las tareas. De este modo, la biblioteca es para ellos un lugar necesario y útil, pero no siempre un espacio ameno, interesante o divertido.

En cuanto a las categorías por edad de los usuarios de bibliotecas públicas, la mayor parte de éstos está constituida por niños, adolescentes y jóvenes, todos ellos escolares de los niveles básico, secundario y medio superior.

Una proporción importante de los usuarios de bibliotecas públicas en México oscila entre los cinco y los veintidós años de edad, y acude a estos centros para resolver los deberes estrechamente vinculados con la escuela. En este sentido, es mínima la proporción de quienes, yendo más allá de la categoría de usuarios, se entregan, por placer, por interés personal y soberano a un ejercicio de lectura sin vínculo ninguno con las exigencias específicas de la institución escolar.

Por lo demás, no es un secreto que, desde sus orígenes, las bibliotecas públicas en México hayan sido básicamente el sustituto de las muy escasas bibliotecas escolares y que, en el caso de los niños, los adolescentes y los jóvenes, se hayan convertido en espacios para la resolución de asuntos prácticos relacionados con la escuela, es decir con el deber, y, que por tanto, estén lejos de ser los ámbitos relajados para el ejercicio lúdico de la lectura.

La escuela, por su parte, no ha fomentado hasta ahora el ejercicio libre, regalado y extracurricular de la lectura, con lo cual tampoco se ha desarrollado un mecanismo natural para que los niños, los adolescentes y los jóvenes sean, además de usuarios, lectores asiduos (y con ello mejores usuarios) de las bibliotecas.

En un exceso de meritocracia, la escolarización ha desdeñado el conocimiento extracurricular a través de un esquema de calificaciones que no sabe cómo premiar la inclinación autodidacta. De este modo, en una sutil práctica de descalificación, a la lectura se le opone el estudio como si ambos esfuerzos no fueran esencialmente complementarios.

En su libro La sociedad desescolarizada, Ivan Illich ha hecho notar que el aprendizaje es la actividad humana que menos manipulación de terceros necesita, aunque el pensamiento escolarizado a ultranza crea lo contrario y vea con profunda desconfianza, e incluso con desaprobación, el conocimiento autodidacta: “una vez que se ha desacreditado al hombre o a la mujer autodidactos, toda actividad no profesional se hace sospechosa”.

“La mayor parte del aprendizaje –dice– no es la consecuencia de una instrucción. Es más bien el resultado de una participación no estorbada en un entorno significativo. La mayoría de la gente aprende mejor ‘metiendo la cuchara’.”

La prueba más fehaciente de lo que dice Illich la ha venido dando, a lo largo de los siglos, la herencia de los oficios familiares, en donde el hijo se vuelve aprendiz y luego maestro del oficio con sólo ver a su padre, e incluso puede llegar a superarlo en ese dominio al agregarle su propia imaginación. Otra prueba de ello tendría que remitirnos a la emulación natural de los hijos que provienen de hogares donde la lectura es un hecho natural y cotidiano. El oficio de leer es un aprendizaje que puede ser tan natural como sumarse a una conversación, precisamente “metiendo la cuchara”.

En sus Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, Michèle Petit refiere que “en Francia, los niños cuya madre les ha contado una historia cada noche tienen dos veces más posibilidades de convertirse en lectores asiduos que los que prácticamente nunca escucharon una”. Añade que “lo que atrae la atención del niño es el interés profundo que sienten los adultos por los libros, su deseo real, su placer real”. Y esta observación que hace Petit para Francia, es válida sin duda para cualquier país. No es un ejemplo exclusivo; es una consecuencia universal.

La estimulación temprana de la lectura, que tendría que generarse en los ambientes de la familia y de la escuela básica, resulta muy reducida cuando no inexistente, por el hecho simple de que tanto padres de familia como profesores provienen de la misma problemática de una sociedad que no ha privilegiado y ni siquiera incentivado la lectura porque, con un concepto utilitarista, la ha venido considerando una pérdida de tiempo y una desviación de los deberes y los asuntos relevantes.

El usuario utilitarista de la biblioteca pública es el que más abunda, en contraste con el lector placentero. Pero este usuario es la consecuencia lógica de un sistema que, independientemente de blandos discursos, a lo largo de la historia, ha considerado la adicción, el vicio de la lectura sin otro propósito que el disfrute, como un elemento perturbador, e incluso disociador, que no fortalece el desarrollo disciplinado y sí por el contrario propicia el individualismo.

Más allá del discurso positivista que sostiene que leer obra en bien de la superación, la mayor parte de los profesores y los padres de familia, que provienen de una educación que no respeta y que aun desdeña la lectura, no está realmente convencida de que leer sea importante si, por principio de cuentas, dicha práctica está fuera del sistema de valores cuantificados e institucionalizados y no sirve para el reconocimiento de calificaciones, certificaciones y diplomas en el esquema curricular.

Bajo esta visión precaria y con este convencimiento utilitarista, leer por placer y por asimilar conocimientos no dirigidos, puede ser incluso considerado un signo de desorden y anarquía, de indocilidad y de falta de responsabilidad ante las tareas urgentes e importantes, de ausencia de aspiraciones y ambiciones trascendentes y hasta de franca negligencia para comprender que hay cosas más relevantes en la vida que el trivial acto de leer cuando este ejercicio no ha sido disparado por un mecanismo de utilidad práctica y de aplicación inmediata.

Por lo demás, cuando el discurso utilitarista elogia los beneficios de la lectura (o sería mejor decir, de la consulta de los libros) y afirma que la adquisición de conocimientos es fundamental para el éxito profesional y social, puede muy fácilmente conducir a la frustración, pues la realidad acaba aportándole a este tipo de visión su falso prestigio: es perfectamente sabido que para tener éxito en la vida e incluso dinero no es necesario leer libros e, incluso, hay quienes presumen y aun exageran el hecho de no haber necesitado de los libros para ser prósperos comerciantes, prósperos banqueros o, lo que es más sintomático y más probatorio, prósperos políticos.

Una de las urgencias del sistema educativo es trabajar en un esquema más dúctil, menos rígido, más noble, para que los estudiantes se vuelvan también lectores, legitimando el enorme potencial del conocimiento extracurricular. Sólo así podrá facilitarse la tarea de lograr que los usuarios de bibliotecas públicas sean asimismo lectores o, todavía mejor, que los verdaderos lectores sean también usuarios de las bibliotecas públicas.

En nuestro país, las investigaciones en torno de la conducta lectora en niños, adolescentes y jóvenes en bibliotecas públicas, han servido sobre todo para probar una realidad que ya suponíamos: la lectura por sí misma carece del prestigio social que otras prácticas cuya confirmación en el éxito profesional y económico las hace mayormente aceptadas. La lectura por la lectura suele relacionarse, muy frecuentemente, con la indolencia, con la pereza, con la proclividad a la holgazanería, y en esta visión han coincidido, por lo general, lo mismo nuestros padres que nuestros maestros, siempre bienintencionados, a quienes, se supone, deberíamos agradecer el habernos salvado de caer en la tentación de tan irremediable vicio.

En este punto hay que darle la palabra y la razón a Fernando Savater cuando se refiere al medio más eficaz para adquirir el hábito, el vicio, la enfermedad o la locura de la lectura. Dice el filósofo y escritor español: “Algunos entramos un día en los libros como quien entra en una orden religiosa; en una secta, en un grupo terrorista. Peor, porque no hay apostasía imaginable: el efecto de los libros sólo se sustituye o se alivia mediante otros libros. Es la única adicción verdadera que conozco, la que no tiene cura posible. Con razón los adultos que se encargaron de nuestra educación se inquietaban ante esa afición sin resquicios ni tregua, con temibles precedentes morbosos… también literarios: ¡el síndrome de don Quijote! De vez en cuando se asomaban a nuestra orgía para reconvenirnos: ‘¡No leas más! ¡Estudia!’.”

Las buenas intenciones de la pedagogía al uso y las no menos buenas intenciones de la mayor parte de los adultos entre quienes destacan nuestros padres, han querido salvarnos de la perdición, de la indolencia y del fracaso social y profesional llamándonos la atención cada vez que nos han sorprendido embebidos, enajenados, perdidos, insomnes, leyendo, cuando consideraban que había tantas ocupaciones serias, graves e incluso trascendentes que dejábamos pasar por culpa de perder el tiempo en irrelevantes lecturas.

Si alguien les dice que el principal propósito que tiene el ejercicio de la lectura es el de la adquisición de información, no lo crean. La información es importante, para estar informados; verdad de Perogrullo que no admite discusión. Pero la lectura confiere a nuestras vidas algo más que información: nos entrega educación y cultura; agudiza nuestra sensibilidad; alerta nuestra inteligencia, y es capaz de transformarnos en seres a un mismo tiempo racionalistas y apasionados. En la materia que sea, un buen lector, si realmente tiene interés por lo que lee, desarrolla su emoción y obtiene algo más que la simple información por muy necesaria que sea.

Michèle Petit advierte que “leer permite al lector, en ocasiones, descifrar su propia experiencia. Es el texto el que ‘lee’ al lector, en cierto modo el que lo revela; es el texto el que sabe mucho de él, de las regiones de él que no sabía nombrar. Las palabras del texto constituyen al lector, lo suscitan”. Y respecto de lo que se aprende en los libros, Petit señala que “la lectura es ya en sí un medio para tener acceso al saber, a los conocimientos formalizados, y por eso mismo puede modificar las líneas de nuestro destino escolar, profesional, social”.

En La palabra educación, un libro que recoge la prosa oral de Juan José Arreola que ojalá volviera a reeditarse (porque nada de lo que ahí leemos ha caducado), el autor de Confabulario nos llama la atención a propósito de algo que deberíamos saber pero que, con mucha frecuencia, ignoramos o, lo que es peor, pasamos por alto: “La cultura consiste en ponerse uno en el espíritu lo que le pertenece, aunque no lo haya pensado. Hay poemas enteros que los siento totalmente míos porque me dicen a mí mismo, me ayudan a saber quién soy; cuando los recito parece que yo los estuviera componiendo porque los vivo. La cultura es auténtica cuando revive en nosotros”.

Por otra parte, en su imprescindible libro Verdad y mentiras en la literatura, el gran narrador y ensayista húngaro Stephen Vizinczey nos dice algo todavía más concluyente al respecto: “Leer es un acto creativo, un continuo ejercicio de la imaginación que presta carne, sentimiento y color a las palabras muertas de la página; tenemos que recurrir a la experiencia de todos nuestros sentidos para crear un mundo en nuestra mente, y no podemos hacerlo sin involucrar a nuestro subconsciente y desnudar nuestro ego”.

En otras palabras, leer no es un acto inocuo. La lectura es algo más que buscar respuestas inmediatas para solucionar dudas pasajeras. La lectura verdadera va más allá de la consulta ocasional y nos conduce, a la larga, a tener más respuestas que las que presuponíamos cuando fuimos al estante únicamente para obtener y transcribir información. La lectura, nos forma, nos transforma, mientras que la simple información (estoy pensando, desde luego, en la que ponen a nuestro alcance los medios electrónicos) muchas veces nos deforma.

En su magnífica propuesta “Por una ley del libro”, Gabriel Zaid ha insistido en la necesidad de que la escuela propicie y no desaliente la lectura. En uno de los artículos posibles de lo que el autor llama un borrador de criterios para invitar a la discusión pública, asienta: “la enseñanza primaria formará lectores de libros que sepan cuando menos acudir a una biblioteca, escoger un libro, leerlo, cuidarlo, escribir un resumen y devolverlo, así como consultar un diccionario y un directorio telefónico”.
Lo que nos señala este inteligente crítico de la sociedad es que uno de los primeros pasos para convertir al libro y a la lectura en asuntos importantes para la vida, es reconocer que el sistema educativo mexicano no ha sido muy afecto a promoverlos. El reconocerlo es situar al menos el problema.

No deja de ser paradoja incongruente el hecho de que las escuelas tengan hoy un espacio y tiempo principalísimos para que los niños se adiestren en las computadoras y para que en un futuro se vuelvan expertos en informática, pero a cambio no cuenten con un espacio y un tiempo similares para que se ejerciten en los libros y, con la práctica habitual, se vuelvan expertos lectores.

Si se ha de alfabetizar a los niños en el uso de los medios digitales, es importante también, y por principio de cuentas, que se les alfabetice en la función de la lectura, pues, tal y como lo ha advertido Gabriel Zaid, “ni las computadoras más veloces dan la perspectiva de conjunto que puede dar el registro rápido de un libro, con la misma facilidad. Uno se impacienta, explorando los archivos de una computadora: no es tan fácil hojear el contenido… En un libro, se busca y se encuentra más fácilmente. Lo cual resulta irónico, después de celebrar la superación de la ‘escritura lineal’ (Marshall McLuhan). Nada requiere más ‘lectura lineal’ que la televisión, las cintas y los discos. A diferencia de los libros (y de los cuadros), no admiten el vistazo global. Son un retroceso a los rollos antiguos, como los del Mar Muerto, que, para ser leídos, tenían que ir pasando de un carrete a otro. Pero lo más irónico de todo es ver que las maravillas electrónicas se venden con un instructivo impreso. Ningún libro se vende con instructivos electrónicos que faciliten su lectura”.

Existe la falsa creencia de que los libros son importantes en la medida en que podemos aplicar de un modo inmediato las enseñanzas de sus páginas. En realidad, hay libros informativos (muchos de ellos de los llamados de texto) que nos entregan soluciones prontas a problemas específicos; pero el mayor beneficio de los libros no es el de la inmediatez, sino el de la formación paulatina que no sólo nos resuelve un problema particular sino que nos enseña a vivir mejor y nos ofrece la posibilidad de ser mejores personas. Así de simple, pero también así de complejo.

La lectura, la simple lectura, la peligrosa lectura, sólo tiene posibilidades de hacernos mejores si se nos convierte en una adicción. En vez de la lectura informativa, para solucionar una tarea inmediata, la lectura formativa, la lectura morosa, y amorosa, que no sirve aparentemente para nada pero que nos transforma y nos confiere mayor sentido dentro de la realidad y dentro de la imaginación. Y, desde luego, no únicamente libros de ficción literaria, sino de todas las materias (filosofía, psicología, religión, astronomía, matemáticas, geografía, historia, etcétera) que nos enriquecen el mundo y nos hacen más reales.

Olvidamos lo inmediato, lo que llegó a nuestra mente para resolver una tarea escolar y conseguir una buena calificación; pero retenemos en lo más hondo de nuestra conciencia y nuestra emoción las imágenes, los sentimientos, los saberes, etcétera, que llegaron a nosotros a través de la lectura placentera que nos abrió universos insospechados, mundos ignorados y que le dio sentido a la existencia y se la sigue dando más allá de la lectura, pues, como bien se ha dicho, cultura es todo aquello que permanece en lo más profundo de nuestra experiencia luego de que hemos olvidado todo lo leído.

Las bibliotecas públicas en México deben modificar, ciertamente, sus funciones para lograr que los niños, los adolescentes y los jóvenes sean lectores verdaderos y no únicamente usuarios de lo inmediato. Pero este cambio no puede asumirse, por sí solo, desde las bibliotecas; es un cambio pedagógico, educativo y cultural; es un cambio que involucra a la escuela y al concepto de educación; un cambio que pone en crisis al sistema educativo completo y le exige que defina su propósito, su interés y su más trascendente filosofía.

Con ello, debemos reconocer que el lector asiduo, el lector frecuente no lee nada más para obtener la recompensa inmediata de la información, sino como parte de un hábito placentero a través del cual se siente bien y disfruta más plenamente la existencia. Si leer no nos sirve para vivir mejor, para estar mejor en el mundo, entonces muy poco sentido tendría el proponer su costumbre.

El hábito de la lectura no ve la obligación ni el afán de información como la fuerza y el objetivo primordiales al entrar en contacto con un libro. El verdadero hábito de la lectura es una costumbre que no admite ni impulso coercitivo ni disposición de urgencia.

En su ilustrativa y muy interesante Historia del alfabeto, A. C. Moorhouse advierte que debe aceptarse por descontado que la memoria de los analfabetos se halla con frecuencia más desarrollada que la de las personas alfabetizadas. Como prueba de lo que dice nos pone el ejemplo de los poemas de Homero y de otros poetas antiguos que eran recitados de memoria por los bardos, sin ayuda alguna de la escritura. Y concluye que “el advenimiento de la escritura propiamente dicha originó una relajación en el cultivo de la memoria, que al principio fue considerada como una pérdida lamentable”, pero que, conforme la escritura amplió y diversificó el conocimiento, también amplió el horizonte de la memoria.

Si tuviésemos que responder a la pregunta “¿Qué y por qué están leyendo los niños y jóvenes de hoy?” y, acto seguido, responder también el tema particular de esta participación: “¿Qué y por qué están leyendo los niños y jóvenes de hoy en las bibliotecas públicas?”, tendríamos que reconocer que dentro de lo poco que se lee en el ámbito general, en la sociedad mexicana en su conjunto, se lee todavía mucho menos en las bibliotecas públicas, y que aquello que se lee es necesario diversificarlo más allá de la puerilidad y de la falsa creencia, muy difundida en estos tiempos, de que los clásicos ya no tienen nada que decir y de que los niños y los jóvenes se espantan con ellos. No es verdad: de lo que se espantan los niños y los jóvenes, y esto hay que reconocerlo también, es de ciertos esquemas ineficaces y rolleros diseñados para incorporarlos a la lectura “productiva”, de las disertaciones pedantemente infantilizadas o puerilmente adultas que pretenden difundir un placer, un vicio, una adicción con argumentos insulsos y aburridos. Leer para adquirir importancia o para parecernos lo más exactamente posible a los graves es una de las promesas más desquiciadas y nefastas. La verdad es que, para que tenga sentido liberador, la lectura gozosa del niño, el adolescente o el joven únicamente tendría que llevarlos a encontrarse y a conocerse a sí mismos. No leer para crecer, sino para ser mejores.

A la manera socrática de Italo Calvino hay que decirle la verdad a la gente (niños, jóvenes, adultos) acerca de la lectura “para que no se crea que los clásicos se han de leer porque ‘sirven’ para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos”.

“Y si alguien objeta –concluye el escritor– que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran…: ‘Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. –¿De qué te va a servir? –le preguntaron. –Para saberla antes de morir’”.

Hay quienes, bienintencionadamente, con argumentos de profesionales, aseguran que leer es menos útil que informarse. Grave asunto. Los que leen también se informan. Se informan de muchas más cosas que las que entrega, inmediatamente, la simple información, pues la lectura no nos responde nada más aquello que le preguntamos sino también aquello sobre lo que no teníamos previsto interrogarla.

En fin, el tema de la lectura también engendra sus guerrillas intelectuales y sus bastillas culturales. Hay abundancia de elaborados argumentos de pedante puerilismo y no menos profusión de serias disquisiciones (serias por rígidas, por ceremoniosas, por adustas, por hoscas; no por profundas) que de tan solemnes y afectadas parecen resueltamente encaminadas a negar todo placer. La lectura, y su respectiva reflexión, se convierte, así, según sea el caso, en una feliz simpleza que no admite el más mínimo proceso racional, o en un acto escrupuloso, casi puritano, de disciplina productiva y de valeroso deber patriótico. Que sea menos, por favor.

Para decirlo francamente y sin severidad pero con toda la claridad posible, habría que tomar prestadas unas limpias palabras de Fernando Savater, a manera de reflexión final:

“Vivimos entre alarmantes estadísticas sobre la decadencia de los libros y exhortaciones enfáticas a la lectura, destinadas casi siempre a los jóvenes. Hay que leer para abrirse al mundo, para hacernos más humanos, para aprender lo desconocido, para aumentar nuestro espíritu crítico, para no dejarnos entontecer por la televisión, para mejor distinguirnos de los chimpancés, que tanto se nos parecen. Conozco todos los argumentos porque los he utilizado ante públicos diversos: no suelo negarme cuando me requieren para campañas de promoción de la lectura. Sin embargo, realizo tales arengas con un remusguillo en lo hondo de mala conciencia. Son demasiado sensatas, razonan en exceso la predilección fulminante que hace ya tanto encaminó mi vida: convierten en propaganda de un master lo que sé por experiencia propia que constituye un destino, excluyente, absorbente y fatal.”

La lectura es otra cosa, concluye el escritor y filósofo español, porque “lo que parece haberse perdido no es el hábito aplicado de leer, sino la indócil perdición de antaño. Ante los educandos, uno repite los valores formativos e informativos de los libros, para no asustar. Pero se calla lo importante […] La lectura es otra cosa. Quien la probó, lo sabe.” LC

Bienvenidos

Doy la bienvenida a todos los alumnos del Taller de Lectura y Redacción de los grupos 4to. A y 4to. B del Instituto Asunción. Este es un espacio para mantener comunicación, un canal abierto que no solamente será una oportunidad de revisar especificaciones o dudas sobre las tareas o actividades que realizaremos durante el semestre, sino una posibilidad de practicar aquello que será nuestro objetivo más deseado: leer y escribir, saber y conocer, disfrutar y comunicar.

Disfruten el semestre 2009-2010, el sistema CCH, del que pronto descubrirán sus bondades y comenzarán "aprendiendo a aprender" y sobre todo, de este taller, que no existe si ustedes no lo hacen vivir. En sus manos encomiendo la tarea, en las mías estará la guía.

Luis Briones