martes, 25 de agosto de 2009

Audios de "El guardagujas" y "Los amorosos"

Una parte importante de la comunicación humana, estriba en la posibilidad de expresar, por medio de la palabra hablada, todo lo que sentimos, pensamos y deseamos. Para ello es necesario manejar los códigos correctos, así como las competencias comunicativas propias de la expresión oral. En este sentido, la lectura en voz alta es una de las actividades más rentables, en tanto combina las virtudes formales de la literatura escrita y las posibilidades expresivas de la oralidad.

Es por ello que les dejo un material en audio, con el que podremos practicar nuestra propia lectura en voz alta, siguiendo a Juan José Arreola, con el cuento "El guardagujas" y a Jaime Sabines con uno de sus más famosos poemas "Los amorosos". Para fines prácticos, sigan la lectura de Juan José Arreola con su libro y la de Jaime Sabines con el texto que más abajo incluyo.

¡Feliz lectura!

LOS AMOROSOS

Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan.


Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte.
Esperan, no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables, los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.


Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos.


En la obscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto.


Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago.


Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo.


Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.


Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.


Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.


Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas.


Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando la hermosa vida.

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